Recuerdo que hace unos años, poco después del golpe independentista en Cataluña, nos encontrábamos unos amigos hablando sobre el tema, y al opinar algunos que, en democracia, tan importante es lo que se hace a nivel político o institucional como lo que se hace a nivel de la ciudadanía, alguien replicó: “Yo voto precisamente para tener un gobierno responsable, que no me obligue a manifestarme. ¿Por qué tengo que exponerme? Votando ya estoy haciendo lo que tengo que hacer. ¿Qué sentido tiene una democracia si con eso no es suficiente, si, además, he de jugarme el tipo?”
Mi amigo exageraba con eso de jugarse el tipo. Quién sabe si en un futuro será así −ojalá no−. De momento, por suerte, no es así. Pero no me sorprendió el comentario. Lamentablemente, creo que son cada vez más los españoles que piensan como mi amigo. Y, hasta cierto punto, es comprensible. La corrección política ha demostrado tener más poder de coacción que el que el Movimiento Nacional y el Nacionalcatolicismo juntos pudieran tener en tiempos de Franco. Y es que estos ni de lejos contaban con una propaganda tan potente, ni tan bien organizada. Decir lo que uno piensa se está convirtiendo en un acto cada vez más ingrato para quien lo ejerce −se entiende: cuando lo que uno piensa no coincide con lo que está de moda pensar−. Y, en consecuencia, la gente se está volviendo cada vez más temerosa, más cauta, menos espontánea… Más hipócrita.
Aun así, quiero creer que seguimos siendo mayoría los que pensamos que la democracia es mucho más que dar un voto particular a este o a otro partido; que más bien consiste en que la sociedad pueda opinar libremente, y que su opinión no solo sea tenida en cuenta, sino que dirija las decisiones de sus gobernantes, y no al revés, como sucede en tantos países del mundo, algunos de ellos rotulados como "democracias" aunque sus habitantes no tengan libertad para ejercerla.
Y eso es lo que estamos haciendo los españoles estos días al manifestarnos en las calles, y no solo en las calles, también en los medios: expresar nuestra opinión como sociedad. Porque, por suerte, seguimos siendo una sociedad viva y despierta, consciente de los problemas a los que se enfrenta, a pesar de las mentiras y manipulaciones con que se los quiere falsear. Y porque seguimos creyendo en la democracia y en la libertad, a pesar del enorme interés de algunos por hacernos unos descreídos.
Diego
P.D.: El título de este post se lo he robado a mi admirado Julián Marías (1914-2005), que tituló así este artículo suyo de 1985 en La Vanguardia. Estoy seguro de que no le importará en absoluto.
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