Publicado en 1938, el relato Paradero desconocido es una perfecta descripción de los estragos que el nazismo provocó en la vida personal de los alemanes, conscientes muy pronto de haber sido víctimas de su propia ceguera.
En poquísimas páginas Katherine Kressman nos muestra como una persona inteligente y bondadosa es capaz de convertirse en partidaria, primero, y en rehén después, de la doctrina más absurda. La manera paulatina, insidiosa y terroríficamente natural con que esto se verifica es lo más sobrecogedor del relato.
No solo la historia, también la literatura nos pone en guardia frente a los fanatismos. Pero es un error pensar que esa amenaza proviene de un único flanco ideológico. Desde hace mucho tiempo, mucho antes de la aparición del fascismo, la humanidad ha podido comprobar que eso no es así, en absoluto.
Ahora mismo, por ejemplo. Pensemos en aquellas cosas, en principio razonables y legítimas, que hoy dudaríamos de expresar en público −no digamos ya debatir− por miedo a que nos etiqueten de retrógrados o algo peor. O en aquellos libros, autores, productos culturales, mediáticos, etc. que nos incomodaría si se supiera que hemos leído o seguido, −o, peor aún, que nos interesan−, pues se nos ha dicho que van contra todo lo que hoy se considera aceptable. O, al contrario, pensemos en aquellos que nos han resultado aburridos, discutibles o incluso rechazables, pero nos sentimos obligados a decir −pues lo dicen los que entienden de esto− que son excelentes, aunque sea con la boca chica. Y en esas doctrinas, teorías, opiniones, que hasta hace poco nos parecían risibles y sin fundamento, y ahora nos parecen dignas de ser tomadas en serio, aunque en el fondo dudemos, y nos inquiete el que puedan llevarse a la práctica.
Y luego, preguntémonos de qué “lado” sopla hoy el viento de la sinrazón y del absurdo; de qué lado están, en nuestra sociedad, los inquisidores de este siglo, los prejuiciosos, los intransigentes, los dogmáticos, los dispuestos a decidir de qué cosas se puede y no se puede hablar, escribir, informar, investigar, enseñar… Concebir, sin más. Y la manera correcta de hacerlo. Los que reescriben la Historia de acuerdo a su interés. Los que, abusando de su poder, su autoridad o su influencia sobre la sociedad, pretenden determinar, de una vez por todas, indiscutiblemente, lo que es normal y lo que no; lo cierto y lo falso; lo valioso y lo despreciable; lo admisible y lo inadmisible; lo que merece ser afirmado y favorecido, y lo que debe ser negado, excluido, erradicado. Preguntémonos quiénes son los que dictan hoy cómo tenemos que conducirnos, más allá incluso de nuestras relaciones sociales, en lo personal. Los que disponen, vigilan, censuran, sancionan… Los que, con una seguridad pasmosa, son capaces de decir de sus conciudadanos: “Estos son los buenos, pues piensan como es debido, y estos los malos, pues se resisten a hacerlo”.
Es algo evidente, pero, aun así −no se diga− preguntémonos, ¿cuál de las dos mentalidades en que supuestamente −nada más falso− se ha dividido siempre la sociedad, hace hoy el papel de Santa Inquisición y Ministerio de Propaganda juntos, en los países de Occidente al menos? Y ahora, díganme dónde está el fascismo ese que, según algunos, se nos viene encima. Yo diría que llevamos tiempo incubando uno. En todo caso, no haría sino llover sobre mojado.
Es una lástima que a Kressman, como a Orwell o a Huxley, cada cual los siga tomando solo por un “lado”, el que les es más grato, en el que llevan apostados toda su vida. Así es difícil, por no decir imposible, aprender nada que merezca la pena del pasado.
Diego
Fotografía: Pareja de jóvenes ante el mausoleo de Lenin. Autor desconocido. Años 60-70.

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