En su homilía de la Misa del Corpus Christi, el Papa León XIV leyó unos versos del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, que, como se sabe, este empezara a escribir durante su cautiverio en Toledo. Nueve meses de torturas y humillaciones −tanto más dolorosas cuanto que eran sus propios hermanos carmelitas quienes se las infligían− fueron los que pasó el santo encerrado en una inmunda covacha del convento del Carmen. Pese a lo cual, −o, mejor dicho, a causa de lo cual−, pudo escribir versos como el que recordó el Papa:
“Que bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche”
Mozart no padeció nunca un encierro como el de san Juan. Las estrecheces que hubo de sufrir –eso sí, durante toda su vida− fueron casi siempre de carácter pecuniario. Mozart, que inició su vida con tan buenos augurios, no tuvo después buena suerte. Se podría decir que ninguna de las oportunidades que hubieran podido mejorar o incluso cambiar radicalmente su posición, encontraron a Mozart en el lugar o el momento adecuados. Y, sin embargo, su música es una música rebosante de alegría; una alegría viva, pura, transparente, como la de los niños, solo que misteriosamente decantada y transformada en un corazón adulto.
¿Estaría Mozart, como lo estaba san Juan, en el secreto de esa “fuente que mana y corre, aunque es de noche·”. Seguramente. Aunque quizá él no lo sospechara, aunque fuera de noche…
Diego
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