Ahí, en la calle San Fernando de Sevilla, delante del
rectorado de la Universidad. Precisamente ahí, muertos de miedo, corríamos
nosotros. Estábamos pillados entre los jeeps de la policía, situados en la
Puerta de Jerez, y los policías a caballo, que venían de la plaza de don Juan
de Austria. Era el efecto en España del mayo francés de 1968. Muchos jóvenes
españoles teníamos una esperanza inquebrantable en el cambio de la dictadura a
una democracia moderna como las que disfrutaban los suecos, los daneses, los
ingleses, etc.
Pero ahora, cada día, nos enteramos de hechos escandalosos
cometidos por políticos, incluso por miembros del gobierno. Organización de
fiestas con prostitutas pagadas con fondos públicos, contratos fraudulentos,
cobro de comisiones por amaño de obras públicas, mentiras dichas incluso con la
desfachatez que usa el chulo de taberna: todo un ambiente propio de un Estado
primitivo y subdesarrollado.
Ahora, ante esta situación, los que en los años
sesenta-setenta teníamos una esperanza irreductible en la futura democracia
española, nos preguntamos, como hacía Vargas Llosa respecto a su país: ¿cuándo
se jodió el Perú?

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