“Amigo mío, ¿quién ha dicho que la felicidad sea alegre?”, responde uno de los personajes de El placer, la célebre película de Max Ophüls, al amigo que le dice que la historia que acaba de contarle sobre dos amantes que −a costa de un terrible sacrificio− han permanecido juntos toda su vida, es muy triste… Pienso que a algo parecido se refería el filósofo Julián Marías cuando decía que “todo amor es felicidad. Lo es intrínsecamente. Y por eso es irrenunciable. Lo que pasa es que es una cosa terrible. La felicidad es una cosa terrible.” Y añadía: “De ahí el enorme temor que ha tenido el hombre de muchas épocas, entre ellas la nuestra, al enamoramiento. El hombre de nuestra época hace lo que sea con tal de no enamorarse. Y se dedica a evadirse, por ejemplo, hacia el sexo. También el cariño, el afecto, el apego, son evasiones. Pero el sexo como tal es la manera más enérgica de huir del enamoramiento.”
Y en esa huida está el protagonista de esta otra película, Shame. Aunque su caso sea, quizá, demasiado extremo, y en su fuga haya ido demasiado lejos…
Esta historia, como la de los amantes de Ophüls, es una historia triste. Pero, a diferencia de aquella, no porque sus protagonistas sean felices. Al contrario. Es precisamente de la felicidad de lo que huyen. Su tormento tiene, pues, otras causas.
Es una historia triste, sí, pero bellísimamente contada Por eso os la recomiendo. Aunque, como suele ocurrir, seguramente sea yo el único que no la había visto. Mientras, no creo hacer spoiler si os dejo con esta versión de “New York, New York” que canta Carey Mulligan en la película. Una delicia.
Diego
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